El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Y seguà siendo su fiel compañero —compañero de una tácita espera— durante toda una primavera y todo un verano que no volverán más. Varias tardes regresamos a la casa de Frantz. Ella abrÃa las puertas para airear los cuartos, para que nada estuviera enmohecido al regresar la pareja. Se ocupaba de las aves semisalvajes que yacÃan en el corral, y el jueves o el domingo alentábamos en sus juegos a los pequeños campesinos de los alrededores, cuyos gritos y risas, en aquel paraje solitario, hacÃan aún más desierta y vacÃa la casita abandonada.