El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes EN el mes de agosto, las vacaciones me alejaron de los Arenales y de Ivonne, pues tuve que ir a pasar en Sainte-Agathe mis dos meses de descanso. Volví a ver el gran patio árido, la sala de recreo, el aula vacía… Todo me hablaba del gran Meaulnes; todo lo colmaban los recuerdos de nuestra pasada adolescencia. Durante aquellas largas y descoloridas jornadas, me encerraba, como lo hacía en otra época, antes de que él llegara, en el Archivo o en las aulas desiertas. Allí leía, escribía o recordaba. Mi padre se iba lejos, a pescar. En el salón, Millie cosía o tocaba el piano, como antaño… Y en el silencio total del aula donde todo: las coronas desgarradas de papel verde, las cubiertas de los libros de premio, las pizarras limpias, proclamaban que el curso había concluido y las recompensas habían sido distribuidas, y donde todo esperaba el otoño y el curso siguiente con su nuevo esfuerzo, yo pensaba también que nuestra juventud había terminado, y que la felicidad se nos había escapado. También yo esperaba la vuelta a los Arenales y el regreso de Meaulnes… pero ¡quién sabe si éste volvería alguna vez!