El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Durante aquella última semana de vacaciones —que es, en general, la más deliciosa y romántica semana de grandes lluvias, en la cual comienzan a arder las chimeneas, y que en otros años solÃa pasar cazando entre abetos negros y mojados de Vieux-Nançay— hice mis preparativos para volver directamente a Saint-Benoist-des-Champs. FermÃn, tÃa Julie y mis primas de Vieux-Nançay me habrÃan hecho demasiadas preguntas, a las que yo no querÃa contestar. Por una vez renuncié a esos ocho dÃas embriagadores de vida de campesino cazador, y regresé a mi escuela cuatro dÃas antes de iniciarse las clases.
No habÃa anochecido aún cuando llegué al patio, alfombrado ya de hojas amarillentas. El cochero se habÃa marchado, y yo, en el comedor sonoro que olÃa a moho, desenvolvÃa tristemente el paquete de provisiones preparado por mi padre… Apenas comà un bocado; luego, lleno de impaciencia y ansiedad, me puse la bufanda y salà a dar un paseo febril, que me condujo directamente a las cercanÃas de los Arenales.
No quise aparecer como un intruso, en la primera tarde de mi llegada. Sin embargo, más atrevido que en febrero, después de dar una vuelta completa alrededor de, la casa —donde sólo aparecÃa iluminada la ventana de la joven— crucé por detrás el cerco del jardÃn y me senté en un banco, junto al cerco, entre la sombra incipiente, satisfecho con sólo estar allÃ, tan cerca de lo que más me apasionaba e inquietaba en el mundo.