El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Llegaba la noche, y comenzaba a caer una fina llovizna. Con la cabeza gacha, sin darme cuenta, miraba brillar el agua, y mis zapatos que se iban mojando poco a poco. Me rodeaba lentamente la oscuridad, y la frescura se apoderaba de mí sin turbar mi ensueño. Tierna y tristemente volvía a ver los caminos enlodados de Sainte-Agathe, en una tarde como aquella de fines de setiembre. Imaginaba la plaza cubierta por la niebla, el empleado del carnicero que silbaba dirigiéndose hacia la bomba; el café iluminado, la alegre reunión de carros con su caparazón de paraguas abiertos, al llegar a casa de, tío Florentin antes de concluir las vacaciones. Y entristecido, pensaba: ¿qué me importa tanta felicidad, si ni mi amigo Meaulnes, ni su mujer, pueden compartirla?
Fue entonces cuando, al levantar la cabeza, vi a dos pasos de distancia a Ivonne. Sus zapatos producían sobre la arena un leve rumor, que yo había confundido con el gotear del agua sobre el cerco. Tenía la cabeza y los hombros cubiertos por un negro pañolón de lana, y la llovizna le pegaba los cabellos a la frente. Sin duda me había visto desde su habitación, por la ventana que daba al jardín, y venía en mi busca. Así, en otros tiempos, mi madre me buscaba, inquieta, para decirme: «Tendrás que entrar"… Pero, cuando me habitué a esos paseos nocturnos bajo la lluvia, se limitaba a decirme con suavidad: "Tomarás frío», y se quedaba a acompañarme, y conversábamos largo rato…