El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Ivonne de Galais me tendió una mano que ardía y, renunciando a hacerme entrar en la casa, se sentó en el banco cubierto de musgo, del lado menos mojado, mientras yo, de pie y apoyando la rodilla en el mismo banco, me inclinaba hacia ella para oírla.

Primero me regañó amistosamente por haber abreviado así mis vacaciones.

—Debía volver cuanto antes para hacerle compañía —aduje.

—Es verdad —exclamó en voz baja, con un suspiro—. Todavía estoy sola… Agustín no ha vuelto.

Creyendo ver en aquel suspiro un pesar, un reproche contenido, comencé a decirle con lentitud:

—¡Tantas locuras en una cabeza tan noble! Quizá su afición por las aventuras, más fuerte que todo… Pero ella me interrumpió, y fue allí, aquella tarde, cuando por primera y última vez me habló de Meaulnes.

—No hable así, François Seurel, amigo mío —me dijo con suavidad—. Sólo nosotros, sólo yo, tengo la culpa. Piense en lo que hicimos… Le dijimos: «Ésta es la felicidad, lo que buscaste durante toda tu juventud. Ésta es la mujer que aparecía al final de todos tus sueños». ¿Cómo quiere usted que aquél a quien empujábamos por los hombros no se vea asaltado primero por la duda, después por el terror y el espanto, y que no ceda a la tentación de huir?

Yo le dije en voz baja:


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