El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Ivonne, bien sabe que era usted esa felicidad y esa mujer.
—¡Ah! ¿Cómo pude, por un instante, concebir tan vanidosa idea? —suspiró—. Esta idea fue la causa de todo. Yo le decÃa a usted: «Acaso no pueda hacer nada por él». Y en mi fuero Ãntimo pensaba: «Si tanto me ha buscado, y si lo amo, es necesario que lo haga feliz». Pero cuando lo vi de cerca, con toda su fiebre, con su inquietud, con su misterioso remordimiento, comprendà que yo era una pobre mujer como todas… «No soy digno de ti», repetÃa AgustÃn cuando finalizó, con la madrugada, nuestra noche de novios. Y yo intentaba consolarlo, tranquilizarlo. Nada calmaba su angustia… Entonces le dije: «Si debes partir, si he venido hacia ti en un momento en que no podÃa hacerte feliz, si es necesario que me abandones por un tiempo para después volver calmado, yo soy quien te ruego que te marches…».