El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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En la penumbra vi cómo ella elevaba hacia mí sus ojos. Lo que me decía era casi una confesión, y por ello esperaba ansiosa que yo la absolviera o condenara. Pero ¿qué podía decirle yo? Lo cierto es que, en el fondo de mí mismo, volvía a ver al gran Meaulnes de otrora, torpe y salvaje, que siempre prefería recibir su castigo antes que disculparse o pedir un permiso que, sin discusión, le habrían otorgado. No cabían dudas; lo que debía haber hecho Ivonne era dominarlo y decirle, tomándole la cabeza entre las manos: «¡Qué importa lo que hayas hecho! Te quiero. ¿Acaso no pecan todos los hombres?». Sin duda alguna, Ivonne se había equivocado, por generosidad, por espíritu de sacrificio, al encaminarlo así nuevamente por el sendero de las aventuras. Pero ¡cómo iba a reprocharle yo tanta bondad y tanto amor!

Hubo un largo rato de silencio, en cuyo transcurso ambos, turbados hasta el fondo de nuestras almas, oíamos gotear la lluvia en los setos y bajo el follaje.

—De modo que, por la mañana siguiente, partió —continuó ella—. Desde ese momento, ya nada nos separó… Me besó simplemente, como un marido que se despide de su mujer al emprender un largo viaje…

Dicho esto, se puso de pie. Yo tomé en la mía su mano febril, luego su brazo, y así volvimos a subir por la alameda, en medio de una densa oscuridad.

—Sin embargo, ¿él nunca le ha escrito? —quise saber.


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