El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Este anochecer que había querido escamotear me pesa de manera extraña. Mientras pasan las horas y el día está por morir, y yo lo quisiera ya muerto, hay hombres que han cifrado en él todas sus esperanzas, todo su amor, sus últimas fuerzas. Hay hombres moribundos; otros que esperan un vencimiento y no querrían que nunca llegara mañana. Hay otros para quienes mañana asomará como un remordimiento. Otros, en cambio, se sienten fatigados, y esta noche no será nunca lo bastante larga como para proporcionarles el descanso que necesitan. Y yo, yo que he desperdiciado el día; ¿con qué derecho me atrevo a invocar el día de mañana?
Viernes por la tarde. Pensaba escribir a continuación: «No la volví a ver más», y todo habría concluido.
Pero esta tarde, al llegar a la esquina del teatro, la vi. Fina y seria, vestida de negro, pero con la cara empolvada y un cuellito que le da el aspecto de un Pierrot culpable: Un aspecto doloroso y malicioso a la vez.
Vino para decirme que me dejará enseguida, que ya no volverá…
Y sin embargo, al anochecer, aquí estamos los dos, caminando de nuevo lentamente, juntos, por la arena de las Tullerías. Ella me cuenta su historia, pero con tantas vaguedades y reservas, que no la entiendo bien. Al referirse a ese novio con quien no se casó, dice «mi amante». Lo hace de intento, me parece, para producirme mala impresión y evitar que le tome afecto.