Amor redentor
Amor redentor Los días pasaron, y la ausencia de Alejandro se convirtió en una herida que nunca dejó de doler en Sara. Cada vez que miraba el cisne de cristal en su ventana, sentía un peso en el pecho, un recordatorio brillante de un amor que nunca llegó a florecer. La cabaña se tornó más oscura, y su madre, Marisol, parecía desvanecerse como una vela consumida por el viento.
Una noche, el silencio fue roto por el susurro de una conversación en la sala. Sara, escondida detrás de la puerta, escuchaba con el corazón encogido. —Marisol, no puedes seguir así —decía Claudia, la fiel criada—. Él no regresará. Y tú… tú te estás destruyendo.
Marisol apenas levantó la mirada. Sus ojos, antes llenos de vida, eran ahora pozos de desesperación. —¿Qué harías tú, Claudia? ¿Cómo explico a Sara que su padre no la quiere?
Sara se tapó la boca para no gritar. No quería escuchar esas palabras, pero no podía ignorarlas. Subió corriendo a su habitación y se encerró, abrazando la almohada mientras las lágrimas corrían sin descanso. Esa noche, juró que nunca más volvería a esperar a nadie.
