Duna
Duna Cada día en el sietch era una lección. Paul aprendió a escuchar el lenguaje del desierto: el susurro de las arenas, las señales de los gusanos de arena que acechaban bajo la superficie, y el grito de la especia que impregnaba cada rincón del planeta. Pero no eran solo los peligros del entorno los que lo definían. Las visiones que la especia despertaba en él eran más vívidas, más aterradoras. Vio ejércitos que marchaban bajo su estandarte, vio fuego, muerte y un poder que lo consumía como un huracán.
Una tarde, Chani se acercó a él mientras contemplaba el horizonte desde las rocas del sietch. —Estás lejos, Muad’Dib —dijo ella, entregándole un cuenco de agua destilada. Paul aceptó el cuenco, agradecido, pero su mirada permaneció perdida. —A veces siento que este desierto no es solo un lugar. Es un reflejo de lo que soy.
Chani lo estudió, su expresión mezcla de curiosidad y preocupación. —No eres solo un hombre. Los Fremen lo ven en ti, aunque tú no lo aceptes aún.
La confianza de los Fremen en Paul creció cuando lideró su primera cacería de gusanos de arena. Montar a uno de estos colosos era un rito de paso, y cuando Paul clavó el garfio en el costado de la criatura y ascendió a su lomo, el rugido de los Fremen resonó en el desierto. Desde ese día, ya no era simplemente un forastero aceptado: era un líder en el que veían esperanza.