Duna
Duna Pero la victoria tenÃa un costo que pocos comprendÃan. Mientras los Fremen celebraban, Paul sentÃa el peso de un destino que se extendÃa más allá de las arenas.
—Ahora eres más que un hombre, Paul —dijo Jessica, entrando en la sala del trono—. Te ven como un dios. Y los dioses no pueden permitirse ser humanos.
Paul se giró hacia ella, sus ojos azules profundos e insondables. —¿Qué significa ser un dios cuando tus decisiones solo traen muerte y guerra?
Jessica lo observó en silencio, reconociendo que su hijo ya no era el joven de Caladan. Era el Kwisatz Haderach, una figura destinada a cambiar la galaxia, pero también a cargar con sus ruinas.
La especia seguÃa fluyendo, y con ella, las visiones de un futuro que Paul no podÃa evitar. Vio a ejércitos expandiendo su poder más allá de Arrakis, un Jihad que quemarÃa mundos enteros en su nombre. Cada paso hacia ese destino lo llenaba de miedo y repulsión, pero también de inevitabilidad.
Chani era su único refugio en medio de la tormenta. Una noche, mientras la luna bañaba las dunas en un plateado espectral, ella lo encontró contemplando el desierto. —¿Qué te atormenta? —preguntó, acercándose a él. —Ellos ven un salvador —respondió Paul, con la voz cargada de melancolÃa—, pero yo veo un destructor.