Duna
Duna Chani tomó su mano. —Somos polvo de este desierto, Paul. La especia, los gusanos, incluso tú. Todo vuelve a la arena. Pero lo que hacemos mientras estamos aquà es lo que importa.
Mientras tanto, la polÃtica galáctica se agitaba. Los emisarios de las Grandes Casas llegaban a Arrakis, inclinándose ante Paul, pero buscando su propia ventaja. En el fondo, lo temÃan, sabiendo que su ascenso habÃa desafiado al mismÃsimo Emperador.
—Ellos intentarán controlarte —advirtió Stilgar, siempre vigilante—. Pero la lección que debemos enseñar es simple: nadie controla a Muad’Dib.
El clÃmax de este nuevo orden llegó cuando Paul convocó al antiguo Emperador y a las Grandes Casas a una audiencia final. En el vasto salón de la fortaleza, rodeado por sus guerreros Fremen, dejó claro el cambio que habÃa llegado.
—La especia seguirá fluyendo —declaró—, pero bajo nuestras condiciones. Y el futuro de Arrakis será decidido por su gente, no por quienes la explotan desde lejos.
El Emperador, derrotado pero todavÃa desafiante, lo miró con desprecio. —¿Qué te hace pensar que puedes mantener este poder? Paul lo observó, su mirada como un desierto interminable. —No es mi poder. Es el de Arrakis. Y el de los Fremen.