Duna
Duna Pero en privado, Paul luchaba con la carga de ese poder. Las visiones del Jihad continuaban persiguiéndolo, mostrando un camino de fuego y destrucción que no podÃa detener. SabÃa que su victoria sobre el Imperio era solo el comienzo de algo más grande, más oscuro.
Una noche, habló con Chani en la intimidad de su habitación. —Arrakis está libre, pero yo no lo estoy. Chani lo miró, sus ojos llenos de amor y preocupación. —Entonces encuentra tu libertad en lo que puedes salvar, no en lo que temes perder.
Paul, el mesÃas de las arenas, comprendió que su destino no era solo liderar, sino también contener. Su poder era tanto una bendición como una maldición, una herramienta para cambiar la galaxia, pero también un arma que podrÃa destruirla.
El desierto, con sus secretos y su inmensidad, se habÃa convertido en parte de él. Y aunque la galaxia cantaba su nombre, Paul sabÃa que su verdadera batalla apenas comenzaba: la lucha por preservar lo que quedaba de su humanidad en un mundo que lo habÃa elevado a ser más que un hombre.
Muad’Dib miró el horizonte y aceptó lo inevitable. HabÃa conquistado Arrakis, pero ahora debÃa conquistar el destino. Y en el desierto, donde todo comienza y termina, se preparó para enfrentar la tormenta que vendrÃa.