Duna
Duna Cuando sacó la mano, estaba intacta. La Reverenda Madre sonrió, aunque sin calidez. —Eres más fuerte de lo que pareces. Quizá incluso demasiado fuerte.
Mientras la nave que los llevarÃa a Arrakis surcaba el cielo, Paul pensaba en las palabras que habÃa escuchado en sus sueños, extrañas y ominosas: Kwisatz Haderach. Algo se agitaba en él, algo más grande que su miedo, que su dolor, incluso que su familia. Sin saberlo aún, el hijo de Caladan habÃa comenzado su transformación.
Arrakis lo esperaba, con sus traiciones, sus tormentas y su destino envuelto en la arena.
La nave dejó atrás el vacÃo del espacio y descendió sobre Arrakis, un planeta que parecÃa menos una tierra viva y más un cadáver seco y vasto, moldeado por siglos de viento y arena. Las dunas doradas se extendÃan hasta donde alcanzaba la vista, como un océano eterno que prometÃa consumir a quienes se aventuraran demasiado lejos. Paul Atreides, junto a su padre, el Duque Leto, y Lady Jessica, observó desde el ventanal mientras el paisaje desolado se acercaba.
—Aquà empieza nuestra nueva vida —dijo el Duque, con un tono que mezclaba resolución y advertencia.
