Duna
Duna Una noche, mientras cenaban, la tensión finalmente se materializó. —Nos están observando —dijo Paul en voz baja, sus ojos recorriendo la habitación. El Duque asintió. —Siempre lo están. Pero no debemos mostrar miedo.
La calma se rompió cuando un grito resonó en el pasillo. Paul y Jessica corrieron hacia la fuente del sonido. Un soldado yacía en el suelo, su cuerpo rígido y espumoso. —Veneno —murmuró Hawat al inspeccionar el cadáver. —Los Harkonnen no esperarán mucho para actuar —dijo Jessica, sus ojos brillando con una mezcla de furia y determinación.
Aquella noche, Leto habló con Paul en privado. —Quiero que recuerdes algo —dijo el Duque—. Gobernar no se trata solo de poder, sino de saber cuándo debes sacrificarlo todo para proteger a los tuyos.
Sin embargo, ni la astucia de Leto ni las habilidades de Paul fueron suficientes para evitar lo inevitable. En la madrugada, los traidores atacaron. Tropas Harkonnen, apoyadas por las fuerzas Sardaukar del Emperador, asaltaron la Fortaleza. La traición vino de dentro: el doctor Yueh, un hombre en quien confiaban, los había vendido a cambio de la promesa de liberar a su esposa cautiva.
—Lo siento —dijo Yueh a Leto, con una mezcla de culpa y desesperación—. Pero esto no es el fin. Hay un camino.
