Herejes de Duna
Herejes de Duna —Esto no es una guerra —murmuró, mientras examinaba los destrozos. —Esto es un exterminio.
Sheeana había desaparecido, y con ella, cualquier esperanza de controlar el caos que se avecinaba.
En Gammu, Schwangyu vio su oportunidad y actuó. Con la Hermandad dividida por la creciente amenaza de las Honoradas Matres, manipuló a un pequeño grupo de acólitas para que atentaran contra el ghola.
—Él es el legado de un pasado que nunca debió revivir —les dijo, su voz firme. —Si permitimos que viva, será nuestra perdición.
La noche del ataque, el ghola estaba solo en su cuarto, su mente perdida en las memorias que cada vez se hacían más nítidas. El primer atacante llegó sin hacer ruido, pero el ghola giró antes de que pudiera actuar, sus reflejos guiados por instintos que aún no entendía.
La pelea fue breve y brutal. Cuando Lucilla llegó corriendo, encontró al ghola de pie en el centro de la habitación, sus manos manchadas de sangre.
—¿Qué está pasando? —preguntó él, su voz un susurro cargado de furia.
Lucilla no respondió. En su lugar, lo abrazó, susurrándole al oído: —Todo está a punto de cambiar.