Herejes de Duna
Herejes de Duna En Rakis, Sheeana estaba cautiva en una nave de las Honoradas Matres, pero no mostró miedo. Sentada en un rincón, sus ojos estudiaban a sus captores con una calma que los irritaba.
—¿Por qué no temes? —le preguntó una de ellas, una mujer alta con ojos fríos como el hielo.
Sheeana sonrió levemente. —Porque sé algo que ustedes no saben.
La Honorada Matre frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió la nave. Los gusanos de Rakis, atraídos por el rastro de Sheeana, habían comenzado a atacar.
Las arenas del conflicto se movían cada vez más rápido, y los jugadores estaban atrapados en una tormenta que ninguno podía controlar.
—Si no actuamos ahora, lo perderemos todo —dijo Taraza en Gammu, su voz una mezcla de urgencia y desesperación.
—Entonces, que comience la guerra —respondió Odrade desde Rakis, con la determinación en sus ojos igualando el caos en su interior.
El rugido de los gusanos gigantes sacudió las arenas de Rakis, su furia dirigida hacia la nave de las Honoradas Matres. Dentro, Sheeana se mantenía firme, con los ojos cerrados y los labios murmurando un canto que parecía resonar con el movimiento de las bestias.
