Herejes de Duna
Herejes de Duna Mientras tanto, en Gammu, el ghola estaba cambiando. Las piezas de su memoria comenzaban a encajar de manera peligrosa, y Lucilla sabía que el tiempo se agotaba. Una noche, mientras practicaba con su espada en el patio, el ghola se detuvo repentinamente, con una expresión de confusión y furia.
—Recuerdo sangre —dijo, girándose hacia Lucilla. —Recuerdo traición.
Ella se acercó lentamente, manteniendo su voz serena. —Lo que recuerdas es parte de lo que eres. Pero no todo lo que eres.
Él frunció el ceño, bajando la espada. —¿Por qué me ocultas cosas?
Lucilla suspiró. —Porque la verdad puede romperte si la recibes demasiado pronto.
Pero el ghola no estaba satisfecho. Algo profundo dentro de él rugía por respuestas, y ese rugido estaba creciendo.
En Rakis, las Honoradas Matres hicieron su movimiento. Desde las sombras, un grupo de sus agentes infiltró el templo donde Sheeana dormía. Los habitantes de Keen no eran rival para ellas, y los guardias de la Bene Gesserit fueron rápidamente superados.
Cuando Odrade llegó al lugar, encontró el caos: cuerpos de ciudadanos y gusanos muertos, y un mensaje claro.