Herejes de Duna
Herejes de Duna El gusano respondió inclinándose ligeramente, como si reconociera su autoridad.
De vuelta en Gammu, Lucilla comenzó la tarea de imprimar al ghola. No era una labor sencilla. Aunque aún no tenÃa acceso a sus memorias originales, el niño ya mostraba destellos de la agudeza y el coraje que habÃan definido a Duncan Idaho.
—¿Por qué estoy aqu� —preguntó el ghola una noche, su voz suave pero directa.
Lucilla lo observó en silencio por un momento antes de responder. —Para ser algo más grande de lo que ahora comprendes.
El niño frunció el ceño, pero no insistió. En cambio, volvió a su práctica de ejercicios, perfeccionando movimientos que no deberÃa haber conocido, pero que parecÃan fluir de su cuerpo como algo innato.
Mientras tanto, Taraza enfrentaba sus propias dudas. La llegada de las Honoradas Matres no era una amenaza cualquiera. Eran una fuerza desatada por la Dispersión, una tormenta de violencia que arrasaba con todo a su paso. Y la Hermandad no estaba preparada.
—¿Qué hacemos si fracasa el ghola? —preguntó Odrade, su tono calculador pero cargado de preocupación.
Taraza miró hacia la oscuridad fuera de la ventana. —Entonces, nos extinguimos.
