La asistenta
La asistenta Baja las escaleras con las piernas temblorosas y enfrenta a Nina. Le habla de las fotos, de los sonidos en el techo, de la trampilla oculta. Nina se rÃe, como si todo fuera parte de un malentendido doméstico.
—Estás cansada, Millie. El estrés hace que una vea cosas que no están ahÃ. Tal vez deberÃas dormir más.
Y por primera vez, Millie ve el monstruo detrás de la sonrisa. Esa no es una mujer rota. Es una cómplice.
Esa noche, decide no tomar la cena. No beber el vino. No confiar en nadie. Se encierra con la silla trabada contra la puerta. Pero a las tres de la mañana, se despierta igual de entumecida. La silla, intacta. La puerta, cerrada.
¿Entonces cómo entraron?
Enzo intenta advertirla, sin palabras, con gestos. Millie empieza a usar su celular para tomar fotos, para grabar sonidos. Se convierte en espÃa dentro de una casa enemiga. El peligro ya no es algo que imagina. Es algo que respira.
Cecelia le dibuja un retrato: Millie durmiendo, con alguien parado sobre su cama.
—¿Quién es ese? —pregunta, la voz rasgada.
—Papá viene a verte mientras duermes —responde la niña, sin pestañear.