La asistenta
La asistenta Millie siente que algo dentro de ella se quiebra. Pero es ese dolor el que le da claridad. No puede seguir esperando a que la salven. Nadie va a hacerlo.
Esa noche, traba la puerta desde dentro. Apaga las luces. Finge dormir.
Y escucha cómo alguien entra, aunque la cerradura jamás gira. Escucha el crujido de la madera. La respiración contenida. El leve chasquido de una cámara.
Entonces se lanza.
Golpea a su agresor, lo empuja contra la pared, logra encender la luz.
Es Andrew.
Pero no se altera. No se disculpa. Solo sonríe.
—Te ves tan hermosa dormida…
Millie huye al baño. Se encierra. Tiembla. Llora. Pero sobre todo, planea. Esa es la noche en que se rompe algo más fuerte que el miedo: la obediencia.
A la mañana siguiente, Nina actúa como si nada hubiera pasado. La trata con amabilidad falsa, le pide que prepare el desayuno. Y Millie obedece. Juega el papel. Pero por dentro, se está preparando.
Encuentra el duplicado de la llave del ático. Sube de madrugada. Abre la trampilla.
Y lo que descubre allí arriba no es solo un cadáver escondido, ni una habitación secreta.