El malestar en la cultura
El malestar en la cultura Esta declaración de un amigo que venero —quien, por otra parte, también prestó cierta vez expresión poética al encanto de la ilusión[2]— me colocó en no pequeño aprieto, pues yo mismo no logro descubrir en mà este sentimiento «oceánico». En manera alguna es tarea grata someter los sentimientos al análisis cientÃfico: es cierto que se puede intentar la descripción de sus manifestaciones fisiológicas; pero cuando esto no es posible —y me temo que también el sentimiento oceánico se sustraerá a semejante caracterización—, no queda sino atenerse al contenido ideacional que más fácilmente se asocie con dicho sentimiento. Mi amigo, si lo he comprendido correctamente, se refiere a lo mismo que cierto poeta original y harto inconvencional hace decir a su protagonista, a manera de consuelo ante el suicidio: «De este mundo no podemos caernos[3]». Se TratarÃa, pues, de un sentimiento de indisoluble comunión, de inseparable pertenencia a la totalidad del mundo exterior. Debo confesar que para mà esto tiene más bien el carácter de una penetración intelectual, acompañada, naturalmente, de sobretonos afectivos, que por lo demás tampoco faltan en otros actos cognoscitivos de análoga envergadura. En mi propia persona no llegarÃa a convencerme de la Ãndole primaria de semejante sentimiento; pero no por ello tengo derecho a negar su ocurrencia real en los demás. La cuestión se reduce, pues, a establecer si es interpretado correctamente y si debe ser aceptado como fons et origo de toda urgencia religiosa.