El malestar en la cultura
El malestar en la cultura Uno de estos hombres excepcionales se declara en sus cartas amigo mÃo. Habiéndole enviado yo mi pequeño trabajo que trata de la religión como una ilusión[1], me respondió que compartÃa sin reserva mi juicio sobre la religión, pero lamentaba que yo no hubiera concedido su justo valor a la fuente última de la religiosidad. Ésta residirÃa, según su criterio, en un sentimiento particular que jamás habrÃa dejado de percibir, que muchas personas le habrÃan confirmado y cuya existencia podrÃa suponer en millones de seres humanos; un sentimiento que le agradarÃa designar «sensación de eternidad»; un sentimiento como de algo sin lÃmites ni barreras, en cierto modo «oceánico». Se tratarÃa de una experiencia esencialmente subjetiva, no de un artÃculo del credo; tampoco implicarÃa seguridad alguna de inmortalidad personal; pero, no obstante, ésta serÃa la fuente de la energÃa religiosa, que, captada por las diversas Iglesias y sistemas religiosos, es encauzada hacia determinados canales y seguramente también consumida en ellos. Sólo gracias a éste sentimiento oceánico podrÃa uno considerarse religioso, aunque se rechazara toda fe y toda ilusión.
