Los origenes del psicoanalisis

Los origenes del psicoanalisis

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Si he de criticarte, es preciso que adopte una actitud especial para hacerlo. Entonces encuentro, ante todo, que deberías haberme enviado al mismo tiempo el último capítulo, de índole general; no puede ser un simple apéndice, pues la parte que me has remitido clama por él con urgencia. Tengo mucha curiosidad de verlo. Creo, además, que a la gente no le gustará la manera en que la deliciosa historia acerca de los períodos del embarazo de I. F., con las correspondientes hipótesis sobre las dos mitades del órgano, su transferencia de funciones y sus interferencias, aparece como una simple y única ojeada a un distante panorama, mientras se prosigue el camino en plena llanura. Eso me recuerda casi la manera en que G. Keller, en Enrique el Verde, interrumpe la historia de su vida para describir el destino de la pobre princesita loca. Yo creo que para la plebe que ha de leer este librito tuyo, aquel intento de explicación vinculado con la tabla quedaría mejor en la parte general y explicativa. En el contexto de los hechos expuestos bastaría agregar una nota a la tabla, señalando que los fenómenos nasales parecerían indicar que a partir de julio los intervalos catameniales oscilaron entre veintitrés y treinta y tres días, característica que más adelante dará lugar a múltiples derivaciones. También las subsiguientes pruebas en favor de la periodicidad de veintitrés días quedarían entonces en una nueva perspectiva. Claro está que son precisamente estos puntos los que más nos interesan a nosotros; al público[281], empero, no habría que darle pretexto para ejercer sus limitadas facultades críticas —que por lo común aplica en su propio detrimento—, extendiéndolas a la totalidad de este capítulo, dedicado enteramente a la exposición de hechos reales[282]. Luego convendría detallar más la exposición de todo lo nuevo e hipotético en la segunda parte. Me temo que, de lo contrario, publicia no tarde en advertir que no es ésa necesariamente la única explicación posible de la periodicidad de los hechos en el caso I. F., tanto más cuanto que el nacimiento no encaja en esa serie, salvo que se haga valer una perturbación. Pero eso sólo puede verse claramente una vez leída la segunda parte[283].


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