Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis Desde entonces he avanzado mucho más, pero sin alcanzar todavía ningún verdadero punto de apoyo. Comunicar lo inacabado es una empresa tan laboriosa y ardua que te ruego me dispenses y te conformes con conocer únicamente las partes ya establecidas con certeza. Si el análisis cumple lo que de él espero lo elaboraré sistemáticamente y te expondré todos los resultados. Hasta ahora no he hallado nada totalmente nuevo, sino sólo aquellas complicaciones a las que ya estoy acostumbrado. No es, por cierto, un asunto fácil. Ser absolutamente sincero consigo mismo es un buen ejercicio. Se me ha ocurrido sólo una idea de valor general. También en mí comprobé el amor por la madre y los celos contra el padre, al punto que los considero ahora como un fenómeno general de la temprana infancia, aunque no siempre ocurren tan prematuramente como en aquellos niños que han devenido histéricos. (Similitud con la «novela genealógica» de la paranoia: héroes, fundadores de religiones). Si es así, se comprende perfectamente el apasionante hechizo del Edipo rey, a pesar de todas las objeciones racionales contra la idea del destino inexorable que el asunto presupone, y entonces también podríamos comprender por qué todos los dramas ulteriores de ese género estuvieron condenados a tan lamentable fracaso. Es que todos nuestros sentimientos se rebelan contra un destino individual arbitrariamente impuesto, como el que se presenta en la Ahnfrau[411] y en otras obras similares; pero el mito griego retoma una compulsión del destino que todos respetamos porque percibimos su existencia en nosotros mismos. Cada uno de los espectadores fue una vez, en germen y en su fantasía, un Edipo semejante, y ante la realización onírica trasladada aquí a la realidad todos retrocedemos horrorizados, dominados por el pleno impacto de toda la represión que separa nuestro estado infantil de nuestro estado actual.