Moisés y la religión monoteísta

Moisés y la religión monoteísta

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Ya hemos dicho que la ceremonia cristiana de la santa comunión, en la que el creyente ingiere carne y sangre del Redentor, repite el contenido del antiguo banquete totémico, por supuesto solamente en su sentido tierno, expresivo de veneración, no en el agresivo. Pero la ambivalencia que domina la relación con el padre se mostró claramente en el resultado final de la innovación religiosa. Supuestamente destinada a la reconciliación con el Padre-Dios, acabó en el destronamiento y la eliminación de este. El judaísmo había sido una religión del Padre, el cristianismo se convirtió en una religión del Hijo. El antiguo Dios-Padre se retiró detrás de Cristo; Cristo, el Hijo, ocupó su lugar, tal como en aquellos tiempos primitivos había anhelado cada uno de los hijos. Pablo, el continuador del judaísmo, se convirtió también en su destructor. Ciertamente, su éxito lo debió en primer lugar al hecho de que con la idea de la redención conjuró la consciencia de culpa de la humanidad, pero además también a la circunstancia de que renunció a la consideración de su pueblo como el elegido y a su signo visible, la circuncisión, de manera que la nueva pudo convertirse en una religión que abrazaba a todos los hombres. Aunque es posible que en este paso de Pablo tomara también parte su personal ansia de venganza por el rechazo que su innovación encontró en círculos judíos, con él se restableció sin embargo un carácter de la antigua religión de Atón, se abolió una restricción que había adquirido al pasar a su nuevo portador, el pueblo judío.


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