Moisés y la religión monoteísta

Moisés y la religión monoteísta

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El pobre pueblo judío, que con su acostumbrada tenacidad continuó negando el asesinato del padre, lo ha expiado duramente en el curso de los tiempos. Una y otra vez se le ha echado en cara: «Vosotros matasteis a nuestro Dios». Y este reproche es justo si se lo traduce correctamente. Referido a la historia de las religiones, reza así: «No queréis admitir que asesinasteis a vuestro Dios (el arquetipo de Dios, el protopadre y sus reencarnaciones posteriores)». Un agregado debería sonar así: «Por supuesto, nosotros hicimos lo mismo, pero lo hemos admitido y desde entonces estamos absueltos». No todos los reproches con que el antisemitismo persigue a los descendientes del pueblo judío pueden invocar una justificación análoga. Un fenómeno de la intensidad y persistencia del odio de los pueblos a los judíos debe, naturalmente, de tener más de un fundamento. Uno puede adivinar toda una serie de causas, no pocas manifiestamente derivadas de la realidad que no han menester interpretación alguna, otras más profundas, provenientes de fuentes secretas, que deben reconocerse como los motivos específicos. Entre las primeras, la más frágil es sin duda el reproche de extranjería, pues en muchos lugares hoy en día dominados por el antisemitismo los judíos se cuentan entre los integrantes más antiguos de la población o incluso estaban allí antes que los habitantes actuales. Esto vale, por ejemplo, para la ciudad de Colonia, a la que los judíos llegaron con los romanos antes aún de que los germanos la ocuparan. Otros fundamentos del odio a los judíos son más sólidos, así la circunstancia de que mayoritariamente viven como minorías entre otros pueblos, pues el sentimiento de comunidad de las masas precisa como complemento de la hostilidad contra una minoría extranjera, y la debilidad numérica de estos excluidos invita a su opresión. Pero totalmente imperdonables son otras dos peculiaridades de los judíos. En primer lugar, que en no pocos respectos sean distintos de sus «pueblos anfitriones». No radicalmente distintos, pues no son asiáticos de raza extranjera, como afirman los enemigos, sino en su mayor parte compuestos por restos de los pueblos mediterráneos y herederos de la cultura mediterránea. Pero sí son diferentes, a menudo de un modo indefinible diferentes de ante todo los pueblos nórdicos, y, curiosamente, la intolerancia de las masas se exterioriza más intensamente contra las pequeñas diferencias que contra las fundamentales. Más fuerte aún es el efecto del segundo punto, a saber, que desafíen todas las vejaciones, que las más crueles persecuciones no hayan conseguido exterminarlos, es más, que más bien muestren la capacidad para afirmarse en la vida laboral y, donde se les permite, hagan valiosas contribuciones a todas las actividades culturales.


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