Autobiografía

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A veces he tenido contactos aún más breves con sorpresas todavía más curiosas. Hablé con el fallecido marqués Curzon[77] durante sólo diez minutos en una recepción muy concurrida, aunque ya había estado en su casa una o dos veces; parecía no importarle el gentío ni la conversación, ni siquiera yo; era absolutamente encantador y afable, y se le ocurrió decir una de las pocas cosas que casi nadie, ni siquiera yo, se hubiera imaginado que Curzon pudiera decir. Afirmó que estaba totalmente de acuerdo conmigo en que los gritos, las rechiflas, los chistes y las bromas del pueblo en un mitin eran mucho más ingeniosos y dignos de escucharse que los discursos de los políticos en la tribuna. Yo había expresado esta opinión en un artículo que apareció en el Illustrated London News, pero jamás se me habría ocurrido que él, un político habitualmente muy solemne en las tribunas más privilegiadas, fuera un apasionado defensor de la plebe o del bufón que la protegía. Sin embargo, no hay duda de que, en muchas ocasiones, decía y hacía cosas que favorecieron e incluso crearon la popular leyenda de su impopular actitud. Era el único ejemplo de aristócrata inglés que se presentaba como un aristócrata prusiano, lo que resultaba muy raro, porque los aristócratas ingleses suelen ser cínicos, pero no bárbaros. En pocas palabras, son más sutiles; aunque a veces creo que Curzon era, de modo extraño, más sutil que todas aquellas sutilezas. Todo el mundo sabe que había algo de artificiosidad heroica en su cuerpo, que le costaba mucho mantenerse derecho, y sospecho que mucha de aquella tensión se convertía en broma jactanciosa y rígida. Llegó de Oxford cuando estaba de moda ser pesimista en filosofía y reaccionario en política, y así como los artistas decadentes daban una imagen de sí mismos mucho peor de lo que en realidad eran, también él parecía menos democrático de lo que era. Se dice que muchas de las historias que circulan contra él son invención suya, pero esto es una sencilla deducción a partir de unas cuantas palabras que me dijo un hombre que no podía ser tan estúpido como un prusiano; en otras relaciones en las que tuve un trato igualmente limitado pero más largo, he observado la misma contradicción.


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