Autobiografía
Autobiografía Lord Hugh Cecil[78] fue mi primera revelación sobre el contraste entre un ser humano y su retrato o caricatura política. Creo que lo conocí en casa de Wilfrid Ward, a quien debería haber mencionado antes porque fue para mí una influencia iluminadora en muchos aspectos. Había publicado en el Dublin Review una crítica muy elogiosa de mi Ortodoxia en un momento en el que la mayoría de su gente debía considerarla una paradoja provocadora. Estableció una excelente prueba crítica, la de que los críticos eran incapaces de entender lo que a él le gustaba, pero él sí que entendía lo que a ellos no les gustaba. «La verdad puede entender el error, pero el error no puede entender la verdad». Por su amabilidad, posteriormente me hicieron miembro de la Synthetic Society, orgullosa, con toda justicia, de continuar con la Sociedad en la que el gran Huxley debatió con el no menos gran Ward (al que Dios sabrá por qué llamaban el «Ideal Ward») y en la que tuve el privilegio de conocer a varias personas decisivas como el barón Von Hugel y mi viejo amigo de los días en Palestina, el padre Waggett. Pero si me preguntan por qué menciono esto aquí, la respuesta será bastante curiosa. Por alguna razón había muy pocos literatos en este grupo dedicado a la filosofía, salvo el propio Wilfrid Ward, un excelente editor y comentarista. Eran, o habrían podido ser, políticos y estadistas de primera clase. Allí conocí al viejo Haldane, boquiabierto ante los abismos hegelianos, que me causaba una impresión parecida a la que yo debía haberle producido a mi vecino en un club local de debate y que dejaba a un lado las profundidades metafísicas en las que estaba inmerso para señalarme al tiempo que me decía: «Allí está ese Leviatán que creaste para que jugase en él»[79]. Pero yo nunca olvidé que Inglaterra le traicionó al acusarle de traición a Inglaterra. Allí también conocí a Balfour[80], quien obviamente prefería a cualquier filósofo con cualquier filosofía que a sus leales seguidores del Partido Conservador. Tal vez la religión no sea el opio del pueblo, pero la filosofía es el opio de los políticos. Todo esto me hace volver a Lord Hugh Cecil.