Autobiografía

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Hacia el final de la cena, alguien me susurró que tal vez estaría bien decir unas palabras de agradecimiento por el esfuerzo realizado por alguien de cuyo nombre no me acuerdo, y que era quien supuestamente lo había preparado todo. Así que le di las gracias brevemente, y él, aún más brevemente, me las dio a mí, aunque añadió que se trataba de un error, porque el autor real de la fiesta era Johnie Morton, alias Beachcomber, sentado justo a su derecha. Morton se levantó solemnemente para agradecer el aplauso que se le había transferido de repente; miró a su derecha y agradeció calurosamente a quienquiera que estuviera sentado allí (creo que era Squire) por haberle inspirado esa gran idea de preparar un banquete para Belloc. Squire se levantó y con gestos corteses, explicó que el caballero sentado a su derecha, Mr. A. P. Herbert, había sido el auténtico, sagaz y último inspirador de esta gran idea, y que era justo que ahora se revelara el secreto de su iniciativa. En este momento, la lógica de la broma iba a toda marcha y yo no hubiera podido pararla, aunque hubiese deseado hacerlo. A. P. Herbert se levantó con una soberbia presencia de ánimo y dio a la serie un giro nuevo y original. Es un orador excelente y, como todos sabemos, un autor admirable, pero hasta entonces no sabía que era también un admirable actor. Por algún motivo que sólo sabe él, asumió el papel de orador de una especie de «Asociación benéfica de trabajadores», como los Oddfellows o los Foresters. No era necesario que nos dijera que interpretaba aquel papel; era evidente por su tono de voz desde las primeras palabras. Nunca olvidaré la exactitud del acento con el que dijo: «Amigos, estoy seguro de que todos estamos encantados de tener esta noche con nosotros al ex druida Chesterton». Pero también él imprimió a su discurso una dirección lógica. Dijo que aquella magnífica velada no era obra suya sino de nuestro viejo y leal amigo Duff Cooper. Entonces, Cooper, sentado a su lado, se levantó y con un tono de voz decidido y sonoro ofreció una imitación del típico discurso liberal, lleno de invocaciones a su gran líder Lloyd George. Sin embargo, explicó que Mr. E. C. Bentley, sentado a su derecha, y no él, era el artífice del homenaje a Mr. Belloc, aquel pilar del liberalismo político. Bentley dirigió una mirada a su derecha y se levantó con aquella misma gravedad arrogante que yo había visto cuarenta años atrás en los clubs de debate de nuestra adolescencia; el recuerdo de sus simétricos anteojos y su imperturbable solemnidad se me hizo presente con esa intensidad que da rienda suelta a las lágrimas de la nostalgia. Dijo, con aquella precisa enunciación, que a lo largo de toda su vida había seguido una regla sencilla y eficaz. En todos los problemas que le habían surgido, le había bastado con consultar exclusivamente la opinión del profesor Eccles. En todos los detalles de la vida cotidiana, en la elección de su esposa, de su profesión, de la casa, e incluso de la cena, lo único que él había hecho era llevar a cabo lo que el profesor Eccles le había recomendado que hiciera. En la presente ocasión, el simular que él podía haber organizado el banquete en honor de Belloc era en realidad una pantalla para ocultar la influencia del profesor Eccles. El profesor Eccles respondió de un modo similar, pero incluso más escueto, y simplemente dijo que le habían confundido con el hombre sentado a su lado, el artífice real de la fiesta; y así, con paso firme e inexorable, el recorrido dio la vuelta a la mesa, hasta que todos y cada uno de los seres humanos hubieron pronunciado su discurso. Es la única cena a la que he asistido en la que es literalmente cierto que cada uno de los comensales dio un discurso de sobremesa. Y ese fue el final feliz de aquella cena feliz en la que no iba a haber discursos.


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