La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown La voz del hombrecillo cambió tan repentinamente, cerró las manos con tal tensión y sus ojos se tornaron tan redondos y brillantes -como los de un búho-, que ese cambio anímico tan abrupto pareció sacudir la mesa con una pequeña explosión.
–Pero -finalizó- le interesa ocultar su aseo.
Terminó por ponerme los nervios de punta el hecho de que en ese instante apareciese silenciosamente el duque entre los brillantes árboles, con su paso ligero y su cabello crepuscular, que llegaba desde la esquina de la casa, acompañado de su bibliotecario. Antes de que estuviese al alcance del oído, el padre Brown añadió con sosiego:
–¿Por qué esconde el secreto de lo que hace con la peluca?. Seguro que porque no es el tipo de secreto que suponemos.
El duque rodeó la mesa y volvió a ocupar su sitio de preferencia con toda su nativa dignidad. La turbación del bibliotecario le hacía parecer un oso levantado sobre sus patas traseras. El duque se dirigió con gran seriedad al sacerdote.