La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown Esa figura estaba vestida con unos pantalones bombachos abigarrados, llevaba una corbata rosa, un cuello puntiagudo y, en los pies, unas botas llamativamente amarillas. Intentó mirar al mismo tiempo con fijeza y con naturalidad, pero cuando aquella aparición de extrema vulgaridad se acercó más, Muscari se quedó asombrado al observar que la cabeza no iba con el cuerpo. Era una cabeza italiana, peluda, oscura y muy vivaz, que surgía abruptamente de un cuello tan rígido como si fuera de cartón y de la corbata rosa. En realidad, conocía esa cabeza. La reconoció a pesar de todo ese atuendo vacacional inglés: era el rostro de un viejo, aunque olvidado amigo llamado Ezza. Ese joven había sido un prodigio en la escuela y se le pronosticó una fama europea cuando apenas contaba quince años de edad; pero fracasó cuando salió al mundo, primero profesionalmente como dramaturgo y demagogo, luego en privado durante años, para terminar siendo un actor, un viajante, un comisionista o un periodista. Muscari lo había visto por última vez detrás de las candilejas; pero estaba muy sumido en las excitaciones de esa profesión, por lo que se creía que una calamidad moral se lo había tragado.
–¡Ezza! – exclamó el poeta, irguiéndose y dando una palmada a causa de la agradable sorpresa-. Bueno, te he visto con muchos disfraces, pero jamás pensé verte disfrazado de inglés.