La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown Mr. Harrogate, el gran financiero, entró, efectivamente, en la sala. Era un anciano grueso, con ojos azules irritados y un mostacho gris arenoso, pero por su pesada complexión podría haber sido un coronel. En la mano llevaba varias cartas sin abrir. Su hijo Frank era realmente un tipo elegante, con el pelo rizado, bronceado y vigoroso, aunque nadie lo miraba. Todos los ojos, como era usual, al menos por el momento, se volvían hacia Ethel Harrogate, cuya dorada cabeza griega, del color del crepúsculo, parecía puesta a propósito sobre el zafiro del mar, como la de una diosa. El poeta Muscari lanzó un profundo suspiro como si estuviese bebiendo algo, y así era de verdad. Estaba bebiendo el clasicismo, obra de sus antepasados. Ezza la estudió con una mirada igualmente intensa y mucho más desconcertante.