La sabidurÃa del padre Brown
La sabidurÃa del padre Brown La oscuridad se iba extendiendo por las paredes de la montaña, y no era fácil discernir el desarrollo de la lucha, salvo que unos hombres hacÃan avanzar a sus caballos entre un puñado de bandoleros, que parecÃan más inclinados a estorbar y a esquivar a los invasores que a combatirlos. ParecÃan manifestantes obstruyendo el paso de la policÃa y no esa imagen de condenados y forajidos ávidos de sangre que se habÃa forjado el poeta. En el momento en que miró a su alrededor sumido en la confusión, sintió un golpecito en el hombro y encontró al pequeño y extraño sacerdote a su lado, como un pequeño Noé, con su gran sombrero y la intención de decirle unas palabras.
–Signor Muscari -dijo el clérigo-, en esta extraña crisis, el protagonismo sobra. Le diré, sin ánimo de ofender, que hará mejor en quedarse quieto y no ayudar a los gendarmes, ya que ellos harán su trabajo solos. PermÃtame la impertinencia de la intimidad, pero ¿a usted le preocupa esa joven?. Me refiero a si le preocupa lo suficiente como para casarse con ella y ser un buen esposo.
–Si -dijo el poeta con simplicidad.
–¿Le quiere ella a usted?.