Cien años de soledad
Cien años de soledad El coronel Aureliano BuendÃa, siempre a medio camino entre la gloria y el vacÃo, continuaba regresando a Macondo en intervalos cada vez más largos. En cada visita parecÃa más distante, más consumido por la soledad de sus guerras interminables. Úrsula lo enfrentó una noche, cuando él contemplaba las estrellas desde el patio. —Hijo, ¿cuántos años más vas a seguir luchando por una causa que no te da nada a cambio? Él no la miró, pero su voz sonó como una piedra cayendo al agua. —No lucho por una causa, madre. Lucho porque no sé hacer otra cosa.
La oscuridad también alcanzó a Úrsula, que, aunque fuerte y determinada, comenzó a perder la vista. Pero en su ceguera encontró una extraña claridad, como si pudiera ver más allá de las cosas visibles. —Los BuendÃa estamos atrapados en un ciclo —le dijo un dÃa a Amaranta—. Todo lo que hacemos se repite, como una maldición que no sabemos romper. —¿Y cómo lo rompemos? —preguntó Amaranta, sus ojos clavados en el sudario. Úrsula suspiró. —Aceptando que no somos inmortales, que no podemos cambiar lo que somos sin sacrificio.
Mientras tanto, la decadencia de Macondo se hacÃa más evidente. La compañÃa bananera, que alguna vez prometió progreso, dejó tras de sà desolación y pobreza. Los dÃas de luz parecÃan cada vez más lejanos, y las sombras se extendÃan como una plaga.