Cien años de soledad
Cien años de soledad Pero los Buendía siempre estuvieron condenados a la repetición, y su destino no sería diferente. Cuando llegó el momento del parto, Amaranta Úrsula murió en medio de una hemorragia que llenó la habitación de un rojo insoportable. Aureliano, devastado, sostuvo al bebé en brazos, solo para descubrir el estigma final de su linaje: el niño tenía una cola de cerdo, la maldición que Úrsula había temido desde el principio.
Aterrorizado y roto, Aureliano salió al pueblo en busca de ayuda, pero Macondo era ya un desierto. Las puertas estaban cerradas, las casas vacías, y los pocos habitantes que quedaban no respondían a sus gritos. Al regresar, encontró al niño muerto, devorado por las hormigas que habían invadido la casa.
La muerte de Amaranta Úrsula y su hijo fue el golpe final para Aureliano. Sin ellos, sin nadie más que los fantasmas de su familia, se refugió en el laboratorio, donde los pergaminos de Melquíades esperaban.
Mientras el viento comenzaba a azotar las paredes de la casa, Aureliano descifró las palabras que habían sido escritas mucho antes de que él naciera: "La primera de la estirpe está atada a un árbol, y el último será devorado por las hormigas. Macondo será borrado de la faz de la tierra y de la memoria de los hombres, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra."