Cranford
Cranford Las cartas del párroco, de su esposa y de su suegra tenían una longitud y concisión tolerables y estaban escritas con letra firme y líneas apretadas. A veces toda la carta se reducía a un pedacito de papel, ahora muy amarillento y con la tinta de color marrón. Algunas de las cuartillas eran, tal como me hizo notar la señorita Matty, antiguo papel de carta, con el sello en una esquina que representaba a un cartero cabalgando como alma que lleva el diablo y tocando la corneta. Las cartas de la señorita Jenkyns y su madre estaban lacradas por una gran oblea roja y redonda, pues eran anteriores al Patronage de la señorita Edgeworth, que desterró las obleas de la sociedad refinada. Era evidente, a tenor de lo dicho, que había una gran demanda de franqueo postal y los diputados necesitados incluso lo utilizaban para pagar sus deudas. El párroco sellaba sus epístolas con un inmenso escudo de armas, y su meticulosidad había sido tal que se adivinaba su esperanza de que fuera cortado, y no roto, por una mano irreflexiva o impaciente. Las cartas de la señorita Jenkyns, en cambio, eran posteriores no sólo en la fecha, sino también en la forma y escritura. Escribía en una cuartilla que ahora hemos dado en llamar pasada de moda. Su caligrafía estaba calculada admirablemente, así como el uso de palabras de muchas sílabas, para llenar la página, y luego estaba el orgullo y el placer de la escritura cruzada. A la pobre señorita Matty esta práctica la desconcertaba totalmente, pues las palabras crecían como bolas de nieve y hacia el final de la carta la señorita Jenkyns solía ser totalmente polisílaba. En una carta a su padre, de tono ligeramente teológico y controvertido, se refería a Herodes, tetrarca de Idumea. La señorita Matty leyó: «Herodes Petrarca de Etruria» y se quedó tan satisfecha como si lo hubiera dicho bien. No recuerdo la fecha con precisión, pero creo que fue en 1805 cuando la señorita Jenkyns escribió la serie más larga de cartas, con motivo de su visita a unos amigos cerca de Newcastle-upon-Tyne. Estos amigos mantenían una estrecha relación con el comandante de la guarnición y sabían por él de los preparativos que se llevaban a cabo para repeler la invasión de Bonaparte, que según algunos podía tener lugar en la desembocadura del Tyne. La señorita Jenkyns daba muestras de gran alarma y en las primeras cartas, por lo general escritas en un inglés bastante inteligible, detallaba los preparativos de la familia anfitriona ante el temido suceso; los fardos de ropa preparados para la huida a Alston Moor (un terreno montañoso y agreste situado entre Northumberland y Cumberland); la señal que iba a dar paso a la huida y a la entrada en acción simultánea de los voluntarios de las fuerzas armadas; dicha señal consistía, si no recuerdo mal, en tañer las campanas de la iglesia de una determinada manera que inducía a la alarma. Un día, mientras la señorita Jenkyns y sus anfitriones asistían a un almuerzo en Newcastle, se hizo esta llamada de aviso (procedimiento poco sensato, si algo de cierto hay en la moraleja de la fábula del pastor y el lobo, pero así fue) y la señorita Jenkyns escribió al día siguiente, apenas curada del espanto, la descripción del sonido, de la impresión angustiosa, de las carreras y la alarma; finalmente tomaba aire y añadía: «¡Qué triviales, querido padre, parecen ahora nuestros temores de anoche a las mentes sosegadas y curiosas!».