Cranford
Cranford —Era la resignación personificada —dijo—. Jamás habÃa sido una persona fuerte y lo sucedido la debilitó mucho. Mi padre se sentaba a contemplarla, mucho más triste aún que ella. Daba la impresión de que si ella estaba cerca, era incapaz de mirar otra cosa. ¡Se le veÃa tan humilde, tan afectuoso! A veces se ponÃa a hablar como antes (dando órdenes, por asà decirlo), y al cabo de un par de minutos se nos acercaba y poniéndonos la mano sobre el hombro nos preguntaba con voz queda si sus palabras nos habÃan ofendido. No me sorprendÃa que hablara asà a Deborah, pues era una muchacha muy inteligente, pero me resultaba insufrible que se dirigiera a mà en aquel tono. Pero, ¿sabes?, él se dio cuenta de algo que nosotras no veÃamos: que lo ocurrido estaba matando a mi madre. SÃ, matándola. (Apaga la vela, querida; hablo mejor en la penumbra). Ella era una mujer frágil y poco preparada para resistir el sobresalto y la impresión que habÃa recibido. SonreÃa a mi padre y le daba fuerzas no con palabras, sino con la mirada y el tono de voz, que siempre eran alegres cuando él estaba presente. Le decÃa que creÃa que Peter tenÃa muchas posibilidades de llegar a almirante muy pronto, porque era valiente y despierto; que lo imaginaba en su uniforme de marino, con aquella especie de sombreros que llevaban los almirantes; que lo consideraba más apto para ser marinero que clérigo; y todo para hacer creer a mi padre que en cierto modo se alegraba de lo ocurrido aquella mañana y de los azotes que como sabÃamos todos conservaba siempre en la memoria. Pero ¡si hubieras visto qué llanto tan amargo cuando se quedaba sola! Y al final se habÃa debilitado tanto que ya no podÃa contener las lágrimas cuando Deborah o yo estábamos presentes, y nos daba continuos mensajes para Peter (su buque habÃa ido al Mediterráneo, o a otra zona de por ahÃ, y después lo habÃan destinado a la India, y hasta allà no habÃa ruta segura por tierra entonces); no obstante, repetÃa que nadie sabÃa dónde le aguardaba la muerte y que no debÃamos pensar que la suya estaba próxima. No lo pensábamos, pero lo sabÃamos, viéndola cómo se iba consumiendo.