Cranford
Cranford —SÃ, una vez. Vino vestido de teniente; no consiguió llegar a almirante. ¡Se hicieron tan amigos los dos! Mi padre lo llevó a todas las casas de la parroquia para mostrarlo con orgullo. Nunca salÃa de casa sin apoyarse en el brazo de Peter. Deborah sonreÃa (creo que no volvió a reÃr tras la muerte de mi madre) y decÃa que habÃa quedado arrinconada, pero no era asÃ, porque mi padre siempre la requerÃa para escribir cartas, leer o arreglar algún asunto.
—¿Y después? —pregunté tras una pausa.
—Peter regresó al mar. Poco más tarde mi padre murió bendiciéndonos a las dos y agradeciendo a Deborah todo lo que habÃa hecho por él; no hace falta decir que nuestra situación cambió; tuvimos que dejar la rectorÃa, con tres criadas y un criado, y conformarnos con esta pequeña casa y una sola sirvienta para todo; pero como solÃa decir Deborah, siempre hemos vivido dignamente, aunque las circunstancias nos hayan obligado a hacerlo modestamente. ¡Pobre Deborah!
—¿Y el señorito Peter? —pregunté.