Cranford

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—No, señora. Tengo que poner el límite en alguna parte. Creo que a la señora Jamieson no le gustaría coincidir con la señora Fitz-Adam. Siento el mayor respeto por ella, pero me cuesta imaginar que su compañía sea apta para unas damas como la señora Jamieson y la señorita Matilda Jenkyns.

La señorita Betty Barker hizo una profunda reverencia a la señorita Matty y frunció la boca. Muy digna, me miró de soslayo como queriendo decir que aunque fuera una sombrerera retirada, no era demócrata y aceptaba la diferencia de clases.

—Señorita Matilda, permítame rogarle que acuda a mi humilde morada a las seis y media, si es posible. La señora Jamieson cena a las cinco, pero ha tenido la gentileza de prometerme que no demoraría su visita más allá de esa hora: las seis y media.

Y con una complicada reverencia, la señorita Betty Barker se despidió.

Mi espíritu profético pronosticó para aquella misma tarde una visita de la señorita Pole, que por lo general venía a visitar a la señorita Matilda después de cada acontecimiento, y también cuando había alguno a la vista, para comentarlo con ella.

—La señorita Betty me ha dicho que iba a hacer una selección y que las distinguidas serían muy pocas —dijo la señorita Pole, mientras ella y la señorita Matty cambiaban impresiones.


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