Cranford
Cranford La tarde siguiente estábamos todas un poco agitadas ante la idea del espectáculo que nos esperaba. La señorita Matty subió a vestirse a buena hora y me dio prisa hasta que estuve lista; entonces caímos en la cuenta de que debíamos esperar una hora y media, pues «las puertas se abrirán a las siete en punto». ¡Y sólo teníamos que andar veinte yardas! Sin embargo, tal como observó la señorita Matty, no convenía distraerse mucho con algo y olvidarse de la hora, de manera que nos sentaríamos a esperar tranquilamente, sin encender las velas, hasta las siete menos cinco. La señorita Matty dormitaba y yo me dedicaba a mi labor de punto. Finalmente partimos y en la puerta de entrada de los carruajes del George encontramos a la señora Forrester y a la señorita Pole, esta última discutiendo el tema de la noche anterior con más vehemencia aún y lanzándonos una auténtica granizada de aes y bes. Incluso se había copiado, en el dorso de unas cartas, una o dos «recetas» —como las llamaba ella— de diferentes trucos, dispuesta a explicar y descubrir las artimañas del signor Brunoni.