Cranford

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Pasamos al guardarropa que se encontraba junto al salón de actos. La señorita Matty dejó escapar unos suspiros nostálgicos por su pasada juventud y el recuerdo de la última vez que había estado allí, mientras retocaba la posición de su elegante gorra nueva ante el espejo curioso y anticuado del guardarropa. El salón de actos era una edificación anexa a la posada que unos cien años antes habían hecho construir algunas familias del condado para reunirse a bailar y jugar a cartas una vez al mes durante los meses de invierno. Más de una belleza local se había mecido por primera vez al son del minué que más tarde bailaría ante la reina Charlotte en esta misma sala. Se decía que una de las Gunning había honrado el salón con su belleza; pero sí era cierto que una rica y hermosa viuda, lady Williams, había quedado prendada aquí mismo de la gallarda figura de un joven artista que se hospedaba por razones profesionales con una familia del vecindario y había acompañado a sus patronos a la reunión de Cranford. Un buen negocio había hecho la pobre lady Williams con aquel apuesto marido, si eran ciertos los rumores. Ahora no había bellezas ruborizadas y luciendo hoyuelos a ambos lados del salón de actos de Cranford, ni ningún gentil artista rompía corazones con su reverencia, chapeau bras[26] en mano. Ahora el viejo salón estaba deslucido; la pintura de color salmón había adquirido un color pardusco y de los festones y guirnaldas de las paredes se habían desprendido pedazos de yeso, pero aún persistía un rancio olor a aristocracia; al entrar, el vago recuerdo de los días pasados dominó a la señorita Matty y a la señora Forrester, que avanzaron melindrosamente por la sala como si en ella hubiera un sinfín de nobles admiradores, en vez de dos muchachitos que compartían un bastón de caramelo para matar el tiempo.


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