Cranford
Cranford No acabé de comprender por qué nos deteníamos en la segunda fila hasta que oí que la señorita Pole preguntaba a un mozo despistado si esperaban a alguna familia noble; y cuando este movió negativamente la cabeza indicando que no lo creía, la señora Forrester y la señorita Matty se sentaron más adelante y el grupo parecía un grupo de conversación. La primera fila se vio pronto aumentada y enriquecida por la presencia de lady Glenmire y la señora Jamieson. Las seis ocupábamos las dos filas delanteras y nuestra aristocrática reclusión fue respetada por los grupos de tenderos que entraban de vez en cuando y se amontonaban en las filas posteriores. Al menos así me lo imaginé por el estruendo que hacían y los sonoros porrazos que daban al dejarse caer en el asiento. Fatigada por la obstinación del telón verde, que no quería levantarse pero me observaba con dos extraños ojos, entrevistos a través de dos agujeros como en el cuento del antiguo tapiz, de buena gana habría mirado al público alegre y charlatán que tenía detrás, pero la señorita Pole me agarró del brazo y me suplicó que no me diera la vuelta porque «eso no se hacía». Nunca he sabido qué era «eso», pero debía de ser algo eminentemente tedioso y aburrido. Sin embargo, estábamos todas sentadas con la mirada fija al frente, contemplando el telón tentador y profiriendo murmullos apenas inteligibles por el temor a caer en la vulgaridad de hacer ruido en un espectáculo público. La señora Jamieson fue la más afortunada, porque se quedó dormida.