Cranford
Cranford Finalmente desaparecieron los ojos, tembló el telón y se alzó un lado antes que el otro, demasiado sujeto; cayó de nuevo y con renovadas energías y el vigoroso tirón de una mano invisible volvió a alzarse y descubrió a un magnífico caballero con indumentaria turca que, sentado ante una mesita, nos contemplaba (diría que con los mismos ojos que había visto a través de los agujeros de la cortina) con reposada y condescendiente dignidad, «como un ser de otra esfera», según expresó una voz sentimental detrás de mí.
—¡Este no es el signor Brunoni! —dijo la señorita Pole con convicción y un tono tan audible que él lo oyó, estoy segura, pues nos miró por encima de su barba ondeante, con aire de mudo reproche—. El signor Brunoni no lleva barba, pero tal vez vendrá pronto. —Y se armó de paciencia.
Entretanto, la señorita Matty, que inspeccionaba a través de sus gafas, las limpió y volvió a mirar. Después se volvió y en un tono amable, dulce y desconsolado, dijo:
—¿Ves? Ya te dije que se llevaban los turbantes.
No tuvimos tiempo de hablar más. El Gran Turco, como decidió llamarlo la señorita Pole, se puso en pie y se presentó como el signor Brunoni.