Cranford
Cranford Hasta ahora no he mencionado al párroco, el reverendo Hayter, porque siendo una mujer joven, feliz y acomodada, no había tratado con él. Era un solterón tan temeroso de que se divulgaran rumores matrimoniales a sus espaldas como una jovencita de dieciocho años, y antes prefería entrar corriendo en una tienda o en una casa que toparse por la calle con alguna de las damas de Cranford. En cuanto a las partidas de preference, no me sorprendía que no aceptase ninguna invitación. A decir verdad, siempre sospeché que la señorita Pole se había entregado a una enérgica persecución del reverendo Hayter tras su llegada a Cranford; no obstante, ahora ella parecía compartir el mismo temor a que su nombre se viera relacionado con el del párroco. El párroco centraba todo su interés en los pobres y desamparados; aquella noche había llevado a los muchachos de la escuela nacional a ver la función y por una vez la virtud había recibido su recompensa, pues lo custodiaban a derecha e izquierda y se apiñaban a su alrededor como hacen las abejas en torno a la reina. Tan seguro se sentía con ellos que incluso se permitió saludarnos cuando desfilamos para salir. La señorita Pole ignoró su presencia y simuló estar absorta en convencernos de que nos habían engañado y que, a fin de cuentas, no habíamos visto al signor Brunoni.