Cranford

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La señorita Pole, que se las daba de muy valiente, era la primera en reunir estos mensajes y aderezarlos para que adoptasen su aspecto más terrorífico. Descubrimos, sin embargo, que había pedido al señor Hoggins uno de sus sombreros viejos para colgarlo en la entrada de su casa y nosotras (por lo menos yo) teníamos nuestras dudas de si realmente le haría gracia, como afirmaba, la pequeña aventura de que asaltaran su casa. La señorita Matty no hacía ningún secreto de su notoria cobardía, pero como dueña de la casa cumplía regularmente con la obligación de inspeccionarla; sólo que cada día fue adelantando la hora de la ronda hasta que finalmente llegamos a hacerla a las seis y media; la señorita Matty se acostaba poco después de las siete «para que la noche pasase lo antes posible».

En Cranford, aquellos acontecimientos se sentían doblemente como un estigma, pues durante largo tiempo se había enorgullecido de ser una ciudad tan honrada y virtuosa que llegó a imaginarse demasiado noble y refinada para que le ocurriera algo así. A nosotras, sin embargo, nos reconfortaba la seguridad que nos transmitíamos mutuamente de que el autor de tales robos no podía ser ninguna persona de Cranford, sino uno o varios forasteros que habían traído la desgracia a la ciudad y motivado tantas precauciones como si viviéramos entre pieles rojas o franceses.


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