Cranford
Cranford Esta última comparación de nuestro estado nocturno de defensa y fortificación fue pronunciada por la señora Forrester, cuyo padre había servido bajo el general Burgoyne en la guerra americana y cuyo marido había luchado contra los franceses en España. En efecto, se inclinaba por la idea de que en cierto modo los franceses estaban relacionados con los pequeños hurtos, que eran hechos comprobados, y que en cambio los robos en casas y caminos no eran más que rumores. Probablemente en algún momento de su vida la había impresionado vivamente la idea de los espías franceses y, no siendo capaz de erradicarla de su mente, se le aparecía de vez en cuando. Su teoría era la siguiente: los habitantes de Cranford se respetaban demasiado a sí mismos y estaban demasiado agradecidos a la aristocracia que había tenido la amabilidad de vivir cerca de la ciudad para desacreditar su buena crianza con un comportamiento inmoral o deshonesto. Por consiguiente, debíamos suponer que los ladrones eran forasteros; y si eran forasteros, ¿por qué no extranjeros? Y si eran extranjeros, ¿quiénes tenían más probabilidades que los franceses? El signor Brunoni chapurreaba el inglés como los franceses y, aunque llevaba un turbante de turco, la señora Forrester había visto un grabado de madame de Staël con el mismo tocado, y otro de monsieur Denon con un traje parecido al que vestía el mago en su representación, lo cual demostraba que los franceses, al igual que los turcos, llevaban turbantes. No cabía duda de que el signor Brunoni era un espía francés que había venido a descubrir las plazas débiles y sin defensa de Inglaterra, y a la fuerza había de tener cómplices. Por su parte, ella, la señora Forrester, se había formado su propia opinión acerca de la aventura de la señorita Pole en el George Inn: había visto dos hombres donde se consideraba que sólo había uno. Los franceses tenían costumbres y comportamientos que, a Dios gracias, los ingleses desconocían por completo, y ella no había vuelto a sentirse tranquila desde el día que fue a ver al mago, pues aunque el párroco estuviera presente, tenía la sensación de que su espectáculo era algo prohibido. En una palabra, la señora Forrester estaba más agitada que nunca y, siendo hija y viuda de oficiales del ejército, era natural que tuviésemos en cuenta sus opiniones. A ciencia cierta, no sé cuánto había de verdadero y de falso en los rumores que circulaban como un reguero de pólvora, pero entonces me parecía que había muchos motivos para creer que en Mardon (una pequeña ciudad a ocho millas de Cranford) habían practicado orificios en las paredes para entrar en casas y tiendas y se habían llevado los ladrillos aprovechando el silencio de la noche. Tales actos se cometían con tanto sigilo que no se oía ningún ruido, ni dentro ni fuera de la casa. La señorita Matty se desesperaba cuando oía las noticias. «¿Para qué sirven cerraduras y candados, campanillas en las ventanas y rondas nocturnas por la casa?». Todo aquello era propio de un mago. También ella estaba convencida de que el signor Brunoni estaba detrás de todo aquello.