Cranford
Cranford Una tarde, alrededor de las cinco, nos sobresaltó un aldabonazo impaciente en la puerta. La señorita Matty me instó a que fuera corriendo a decir a Martha que de ningún modo abriese la puerta hasta que ella (la señorita Matty) no hubiera inspeccionado desde la ventana, armada con un escabel que dejaría caer sobre la cabeza del visitante si al levantar la mirada para responder a la pregunta de quién llamaba, mostraba el rostro cubierto con un crespón negro. Quienes habían llamado eran, sin embargo, nada menos que la señorita Pole y Betty. La primera subió con una pequeña cesta en la mano dando muestras de gran agitación.
—Guárdeme esto —me pidió cuando me ofrecí a sostenerle la cesta—. Es mi cubertería. Estoy convencida de que planean robar mi casa esta noche. He venido para acogerme a su hospitalidad, señorita Matty. Betty dormirá con su prima en el George. Si me lo permite, yo pasaré la noche sentada aquí. Mi casa está tan alejada de los vecinos que no creo que nadie nos oyera por mucho que gritásemos.
—Pero ¿qué las ha alarmado tanto? —preguntó la señorita Matty—. ¿Han visto a alguien acechando la casa?