Cranford

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—¡Es verdad! Ahora lo recuerdo. Creo que se oponía a que Deborah comprara algunas, pero ella era una auténtica mujer de negocios y siempre decidía por sí misma. Y ya ves, durante todos estos años han pagado a ocho por centavo.

Para mí era un tema muy incómodo porque no lo conocía más que a medias; intenté cambiar de conversación y le pregunté qué hora le parecía la mejor para ir a ver los modelos.

—Verás, querida —dijo—. La etiqueta manda ir después de las doce, pero entonces todo Cranford estará allí y no está bien que a una la vea todo el mundo demasiado interesada en vestidos, adornos y gorras. En tales ocasiones, es poco elegante demostrar una gran curiosidad. Deborah tenía una gracia especial para aparentar que la última moda no le resultaba nada nuevo, costumbre que había adquirido de lady Arley, que estaba al día de todas las novedades que aparecían en Londres. Me parece mejor que hagamos una escapada esta mañana, después del desayuno. Tengo que comprar media libra de té, de modo que podemos aprovechar para echar un vistazo a nuestras anchas y decidir cómo tengo que encargar mi nuevo vestido de seda. Luego, después de las doce, podemos volver tranquilas, sin tener que preocuparnos de nada más que de mirar.


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