Cranford
Cranford —Tal vez sea asà —respondió—. No pretendo entender de negocios. Sólo sé que si el banco va a quebrar y la gente honrada va a perder su dinero porque tienen nuestros pagarés… No sé explicarme —dijo al darse cuenta de que habÃa iniciado una larga perorata ante una audiencia de cuatro personas—. Sólo sé que quiero cambiar mis libras de oro por este pagaré, si tiene la amabilidad. —Y dirigiéndose al granjero—: Ahora podrá llevarle el chal a su mujer. Todo se reduce a pasar unos dÃas sin mi vestido nuevo —prosiguió dirigiéndose a m×. Después, todo se aclarará. No me cabe la menor duda.
—¿Y si se aclara para mal? —inquirÃ.
—En ese caso, se reducirá a un simple acto de honradez por mi parte, como accionista que soy, de haber dado el dinero a este buen hombre. Lo tengo muy claro en la mente; no sé expresarme tan bien como otras personas, ya lo ve, pero se trata de que me entregue su pagaré, si es tan amable, señor Dobson, y que siga haciendo sus compras con estas monedas.
El hombre la contempló con callada gratitud, demasiado torpe para expresarse con palabras; se contuvo un par de minutos, titubeando con el pagaré en la mano.